La gran mentira de Edgar Hoover

Las grandes mentiras que marcan la Historia han de nacer en algún momento. Algunas de las que hoy hacen girar el mundo en dirección contraria, esas con las que convivimos cada día, surgieron de las obsesiones de un hombre turbio y ansioso de reconocimiento llamado John Edgar Hoover. Director del FBI durante casi 50 años, Hoover creó la policía más poderosa del mundo al borde de la legalidad y la justicia (cuando no fuera) a base de convertir la información en pilar de su poder y supo justificar la existencia de esas siglas tatuando a fuego la palabra amenaza allí donde dormía el miedo de los Estados Unidos.

Recordar el origen de algunas de esas mentiras en las que seguimos instalados bastaría para justificar de por sí la existencia de la película, pero no hace falta. Puede que J. Edgar no sea la obra maestra de Clint Eastwood (ni el biopic su mejor género, pese a la estupenda Bird), pero es una cinta más que notable. Oscura e impecable en su bellísima fotografía (brillante en momentos como cuando su primer jefe baja la escalera tras sufrir un atentado), clásica y recia en su puesta en escena —digna del mejor Eastwood que en el cine haya sido— y con un guión no lineal cuyos saltos en el tiempo, de paralelos instantes en el pasado y presente, dibujan con precisión la corrupción de un hombre de ideas inmutables y alma estanca y, por tanto, podrido.

Quien escribe siente una aversión maniática (grima, sí) hacia los actores que se convierten en hombres —y aún peor, en ancianos— sin dejar jamás atrás su cara de niños (Mickey Rooney, por ejemplificar). DiCaprio, a quien soporto mal por ese absurdo motivo, pertenece a esa estirpe. Sin embargo, con su maleable rostro, sostiene con peso sólido y prácticamente sólo el grueso de la película y es capaz de hacer que nos olvidemos de él y su perenne jeta de niñato eterno mientras encarna a un tipo capaz de chantajear a lo largo de cuatro décadas a ocho presidentes de los Estados Unidos sin que se le arrugue el traje.

No, el maquillaje no es el fuerte de esta película. Tampoco el resto de los actores (a excepción de la siempre perfecta Judy Dench), que han de luchar contra un desafortunado látex que a punto está de echar a perder grandes momentos, como aquel en el que Hoover se enfrenta por segunda y última vez a la verdad de su vida. La primera, frente al espejo, sin máscara aún y con la ropa de su madre muerta, se incluirá algún día en los montajes con lo mejor de un Eastwood que no psicoanaliza ni justifica y pinta a un Hoover infantil, torcido y deleznable, con sus represiones y carencias, pero no a causa de ellas. Más rico por ser humano. Un hombre esclavo de la notoriedad que construyó una institución sobre la roma idea de un mundo dividido entre héroes y villanos, mientras trataba de figurar entre los primeros a base de situarse bien en la foto y ejercía de segundo con el único objetivo de reforzar su poder, estableciendo las bases de un sistema hoy no tan extraño en el que no importa tanto si uno delinque como si se supone que planea hacerlo.

J. Edgar es la biografía de un personaje clave en los Estados Unidos pero, antes y sobre todo, es la historia de un hombre y sus mentiras. Eastwood hilvana delicadamente hacia delante el íntimo y más profundo engaño vital de su protagonista mientras le muestra dictando a sucesivos y serviles taquígrafos la historia de su obra en el FBI. “¿El legado de un hombre o de una institución?” pregunta uno de ellos. La herencia mitómana de cualquier personaje cuyo principio, fin y razón de ser es el poder, abocado a creer sus patrañas para seguir adelante y, una vez llegado al final, necesitado de que el mundo también las crea y valide. Creer las propias mentiras para sobrevivir. Cerca tenemos ilustres (vivos y recientemente difuntos) ejemplos, que intolerantes a crítica o cuestión alguna acerca de las más graves, reinventaron con tesón sus vidas para pasar a la Historia bajo su propia versión. Suelen morir de viejos aunque Eastwood, lírico justiciero, se permite el lujo de sugerir que es el enfrentamiento con esa última verdad el fatal duelo al sol que, al final, mata. Y eso es gran cine. Si prefieren asombrosas caracterizaciones, busquen por la cartelera a Margaret Thatcher.

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Publicado originalmente en Miradas de Cine

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Mademoiselle Shakespeare (y compañía)

Ha muerto George Whitman, el hombre que reabrió la mítica Shakespeare & Company, aquella librería que cerró después de que Hemingway la liberara de los nazis y, seguidamente, se fuera a liberar el bar del Ritz. Hablé con George en muchas ocasiones. Me saludaba con su español enérgico de acento mexicano. Me mostró los secretos de su casa y su tienda. Allí pasé días enteros. Y siempre , cada vez que fui a París, volví a saludarle.  Hace unos años cedió las riendas de la librería y su comuna de escritores ambulantes a su hija, la segunda Sylvia Beach de la literatura. Esta es su historia.

 

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Blues por el ángel caído

Todo el mundo tiene una historia sobre Chet Baker. Dicen que la primera vez que Charlie Parker le escuchó tocar, llamó a Miles Davis y Dizzie Gillespie y les dijo: “Hay un pequeño gato blanco que os va a dar muchos problemas”. Dicen que cuando le presentaron a James Dean en la calle soltó un lacónico “hola” y siguió andando. Dicen que Marilyn Monroe se sentó muchas veces en primera fila para escucharle, fascinada. Que era capaz de caminar entre París y Roma sólo para airearse un rato. Todo el mundo tiene una historia sobre Chet Baker. Si Bruce Webber rodó Let’s get lost fue para tener la suya propia.

El documental de Webber no es ni pretende ser la biografía de un genio del jazz: es un retrato. La exquisita obra maestra de un magnífico fotógrafo. La fascinante imagen –terrible, amarga y cruel– de un genio de la música y un ser humano ciertamente lamentable que a sus 57 años, cuando ya ha vuelto de todas partes, se deja filmar con un atisbo de antigua coquetería y lánguida desgana durante los que serían los últimos meses de su vida.
Let’s get lost es una película hecha de fotos, empezando por las de Bill Claxton que retrató al trompetista en su juventud, cuando fascino al mundo. Tenía belleza, carisma, una mirada capaz de de enamorar a una piedra y todo eso antes de empezar a tocar. Weber rueda esas fotos con un magnífico ritmo y las mezcla con las suyas propias: la sombra del artista en plano cenital tocando la trompeta inclinado sobre un sumidero; pasando las horas muertas en la cama, pidiendo silencio a un auditorio ante el que sólo accede a cantar para recordarse que aún no está muerto. La instantánea de un tipo con la voz más suave de la historia, que camina como canta y apenas abre los ojos al hablar, que siempre está buscando su mechero, que está más allá que aquí. La decadencia de un mito que explica con crudeza los efectos devastadores para el alma de un viaje de speedball y, de paso, como prepararlo. Que finge y miente. Que se deja ir lentamente ante la cámara como la sangre de unas muñecas en el agua de una bañera llena mientras suena un blues. Sigue leyendo

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Retrato (a distancia) de Antonio Puerta

Antonio PuertaCuando ve el vídeo en el que apalea a Jesús Neira, Antonio Puerta no se reconoce. Eso dice su abogado, Fernando Pamos. Que sabe lo que ocurrió aquel 2 de agosto, pero no se identifica con el hombre que derribó al profesor de un puñetazo y lo pateó en el suelo. Antonio Puerta lleva un año en prisión por aquella paliza, acusado de intento de homicidio. Primero en Soto del Real, donde rezó muchas noches porque su víctima saliera de un coma que podía eliminar la palabra tentativa de los cargos. Y, desde hace unos meses, en Estremera, donde espera un juicio aun sin fecha.

La de Estremera es una cárcel nueva, construida en un páramo madrileño limítrofe con Cuenca. Fue inaugurada hace un año con su amplio pabellón deportivo, su piscina y sus «módulos de convivencia» gestionados por internos. Puerta, de 45 años y adinerada familia, llama a su celda el chabolo. Allí comparte con otro preso común la litera, la ducha, y las enrejadas vistas a la nada. Allí espera cada semana a que llegue el día de visitas. Allí, es consciente, puede pasar hasta tres años antes de que la Audiencia Provincial de Madrid le juzgue. Después incluso 10, si se mantiene la acusación y lo encuentran culpable.

Cada sábado sin faltar uno, la mujer a la que Neira intentó defender visita a Antonio. Después de gritar que no fue maltratada en todas las pantallas y de embolsarse por ello un dineral equivalente (se calcula) a lo que hubiera ganado vendiendo trajes de novia durante diez años en El Corte Inglés, Violeta Santander desapareció de escena hace tres meses. Dice Pamos que psicológicamente anda mal. Que ha dejado los platós por «higiene mental». Antonio agradece sus visitas. Al fin y al cabo, siempre le ha defendido. Violeta jura que, aquel 2 de agosto (hoy hace un año), Antonio no la estaba maltratando. Y ella sabe lo que es. Hace tiempo denunció a otro novio, un policía municipal que la pegaba. A Antonio, no. Porque distingue, dice, entre los malos tratos y el empujón de un yonki pasado de vueltas.

Los brazos de Antonio Puerta son el recuerdo de un colador. Consume heroína y cocaína desde hace 18 años, según los informes médicos que guarda su letrado. Sobre todo cocaína. En sus peores tiempos, hasta 8 gramos diarios. Mezcla en el cóctel las benzodiacepinas y antidepresivos que usa para su terapia, mil veces emprendida. En 1991 pisó por primera vez un centro de desintoxicación. Hace un año, Puerta pidió el alta de su enésimo ingreso, esta vez en la clínica Cazorla, de Alicante. En cuanto salió volvió a Madrid, directo a la Cañada Real, poblado mayorista de la droga frecuentado por gente de toda clase y su misma condición. Pasó allí toda la noche. Sin dormir. Esnifando. Al día siguiente tuvo una tremenda bronca con su novia. Y entonces Jesús Neira apareció. Sigue leyendo

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Conversaciones con Jim Jarmusch

jarmuschUna tarde de invierno salí a fumar a la calle y me encontré con Jim Jarmusch. Lo suyo, lo que hubiera hecho cualquiera en sus cabales, hubiera sido ofrecerle inmediatamente un cigarrillo y después invitarle a un café. Pero yo no lo hice. Ni aquella vez ni ninguna otra durante los dos meses siguientes cada vez que volvía a encontrármelo, casi a diario, en la puerta del edificio donde yo tenía mi redacción y él su oficina alquilada mientras rodaba en España The Limits of Control. Seguí bajando a fumar. Saludándole con un gesto (sólo si él estaba solo y yo también) y preguntándome si habría hecho buenas migas con el estanquero de la vuelta de la esquina que, por otra parte, no se parece nada a Harvey Keitel, y si hablaría con él sobre el primer Newport que se fumó en Ohio. Hasta que, un día, desapareció. Desde entonces he intentado evitar, metódicamente, ver fotos del rodaje en Madrid, leer las entrevistas que otros le hicieron después, apretar el play en el tráiler de la película colgado en YouTube y preguntarle nada al estanquero, para no dejar que la parálisis que, de toda la vida, me impide abordar a alguien a quien admiro volviera a avergonzarme.

Casi había olvidado su abrigo (nunca sus hirsutas canas) cuando lo volví a ver, en camiseta y bastante más joven, en la portada del pack con sus cinco primeros largos editados por Avalon para la colección Filmoteca de Fnac: Permanent Vacation (1980), Extraños en el Paraíso (Stranger than Paradise, 1984), Bajo el peso de la Ley (Down by Law, 1986), Mistery Train (1989) y Noche en la tierra (Night on Earth, 1991). Podía verlas por primera vez (algunas) o volver a verlas. No corría peligro. Por aquel entonces, cuando las rodó, yo aún no le conocía.

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La pista perdida del hombre de Hitler en España

Encontramos cerca de Oviedo los álbumes del jefe del Partido Nazi en España entre 1939 y 1945, con fotos inéditas de la gran presencia alemana y del encuentro de Hendaya, donde se ve a Franco más bajito que a Hitler.

Hans Thomsen, el líder del partido Nazi en España, en el centro.

Hans Thomsen, el líder del partido Nazi en España, en el centro.

Era un hombre muy serio. Su estatura sobrecogía, parecía una estatua de dos metros. Era el clásico alemán que impresionaba a todo el mundo». El hombre así descrito se llamaba Hans Thomsen y fue el jefe del Partido Nacionalsocialista (NSDAP) en España desde 1939 hasta la derrota alemana en la Segunda Guerra Mundial. Un hombre serio y sobrecogedor que sólo sonreía cuando estaba con su mujer y sus hijos y que, al abandonar Madrid reclamado por los aliados, desapareció de la Historia dejando tras de sí dos álbumes de fotos de las actividades nazis en España. 450 imágenes inéditas ocultas durante más de 60 años. Hasta ahora. (Ver vídeo con las fotos)

La pista perdida que Thomsen dejó en Madrid estaba oculta en el desván de una casa de pueblo en el concejo asturiano de Ponga, cerca de Cangas de Onís. Hace unos meses Rosa López, de 57 años, subió un día al desván para limpiar. Al abrir una de las polvorientas cajas de cartón apareció un gran libro marrón, encuadernado en cuero, con el escudo del Tercer Reich. La mujer no daba crédito a lo que veía. En la primera página, la rúbrica de Himmler, el comandante en jefe de las SS, el ejecutor del Holocausto. La fecha: 21 de octubre de 1940. La ciudad: Madrid.

Bajo el gran libro de firmas, duras y angulosas firmas alemanas, se escondían los dos álbumes de fotos de tapas repujadas a mano y gruesas hojas de fibra vegetal tintada. Cientos de fotos: la calle de Alcalá flanqueada de inmensas esvásticas, Las Ventas a reventar de gente brazo en alto, cruces gamadas en el Monasterio del Escorial. Altos cargos franquistas y la cúpula del Estado Nazi en San Sebastián, Valencia, Barcelona, Toledo. Niños saludando marciales ante gigantescos retratos del Führer. Páginas y páginas de fotos nunca vistas del encuentro entre Franco y Hitler en Hendaya. Tétricos ataúdes cubiertos por banderas nazis. Y siempre aquel hombre. Un hombre muy alto y sobrecogedor.

-¿Qué es todo esto, Manuel?

Manuel Sánchez Bretón, el marido de Rosa, tiene 90 años y aún recuerda a Hans Thomsen, aquel impresionante alemán que, dice, «parecía una estatua de dos metros». Un «gigante» a quien conoció cuando estudiaba Ingeniería de Caminos en Madrid y de cuya historia acabaría siendo custodio. Cuando Thomsen abandonó Madrid, entregó sus fotos a su vecino Andrés Rodríguez-Villa, procurador falangista en Cortes. Y éste decidió quitárselas de encima -no fuera a ser- confiándoselas a su amigo Manuel, un estudiante asturiano de 24 años que vivía en una pensión de la calle Arenal. Se quedaron en Madrid con él hasta que volvió a Asturias en 1970. Las guardó en el desván del pueblo. Y no las volvió a mirar.

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La última faena del caballo Patanegra

hermoso-patanegra_Esto, lo que es, es una putada.

Lo repetían los cirujanos, los veterinarios, los auxiliares, negando con la cabeza mientras en la mesa de operaciones trataban de ordenar ese amasijo de tripas, sangre y arena.  Mucha arena en las vísceras desparramadas del caballo Patanegra.  “Una faena”, decían.  La que salió mal cuando Latoso, el quinto de la tarde del 23 de mayo en Las Ventas, ensartó al potro en el aire de una cornada brutal. Y al tendido se le cortó la respiración. Y el jinete, Pablo Hermoso de Mendoza, agarró (literalmente) al toro por los cuernos mientras su caballo volaba sobre él. Y a Patanegra se le escapaban las tripas cuando lo arrastraban fuera del ruedo. Y su jinete lloraba. Y el caballo se moría.

-Una putada…

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