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En busca (y captura) del tiempo perdido

Si los botes de piña en conserva no caducaran, el cine de Wong Kar Wai no existiría. Si supiéramos cómo congelar un momento, pudiéramos guardarlo eternamente en una lata y evitar así que el tiempo lo estropease, sus películas no nos harían falta. Pero no sabemos. Nadie diría que el cine de Wong Kar Wai es de aventuras. Excepto si consideramos que parar el tiempo es una.

wong01Cuando rodó su primera película, a los 29 años, Kar Wai ya sabía lo que era ser un exiliado (en Hong Kong, desde los cinco años) y conocía bien el sentimiento de pérdida. También había visto varias veces Malas calles (Martin Scorsese) y Extraños en el paraíso (Jim Jarmush), había escrito decenas de guiones y pasado las noches de varios años en garitos de dudosa reputación bebiendo con amigos cercanos al hampa y metiéndose en peleas. Por aquel entonces todavía creía que para contar una historia hay que hacerlo en el sentido de las agujas del reloj, pero ya empezaba a preguntarse cómo detenerlas. Sigue leyendo

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Tiempo muerto

Breve encuentro. (David Lean,1945)

“Si se le pregunta a un inglés sobre los años 40 y sobre las películas que recuerda, responderá Breve encuentro”, dice John Kobal en aquel libro que editó tratando de elegir las 100 mejores cintas de la historia del cine. Pero cuando se estrenó, en 1945, al público no le gustó la historia de Laura (Celia Johnson), una mujer casada de clase media que conoce a un médico también casado (Trevor Howard) en la cafetería de una estación de tren y vive con él una fugaz e intensa historia de amor desde el principio condenada a muerte.

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Los ojos del cine chino (no son rasgados)

El director de fotografia Christopher Doyle (drcha.) con Wobng Kar-wai.“Durante años, la mayoría de la gente no sabía que yo no era amarillo. Du Ke Feng, mi nombre chino, significa como el viento. Es un nombre extremádamente poético. Tan opuesto a este pedazo de piltrafa que soy”. El caótico ser que así se define se llama Christopher Doyle y es australiano. Fue marino en Noruega, curandero chino en Tailandia, ganadero en Israel y buscó petróleo en el desierto indio. Un día, a finales de los 70, llegó a Taiwan para aprender chino, y miró a su alrededor. Treinta años más mirando Hong Kong le han convertido en uno de los directores de fotografía más respetados del mundo. Porque su lente rasgada es la responsable de las imágenes más bellas del cine oriental de hoy.

Doyle ha pasado parte del invierno en Madrid, rodando The limits of control, con Jim Jarmusch. Y esta semana vuelve. El domingo hablará con los espectadores en la Filmoteca Española, que dedica un ciclo a toda su obra durante abril y mayo. Y el lunes, impartirá un taller a sus privilegiados alumnos en La Casa Encendida. Si le perdonan su afilada ironía y prestan atención, aprenderán las claves de su estilo. Además de trasnochar, beber y vivir siempre al límite, son estas:

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