Sampedro lo dejó escrito en una carta. Roque, Marta, Xosé y Pepe tenían que proteger a Ramona Maneiro de la Justicia. Ella, que puso el cianuro en el vaso del tetrapléjico, fue sólo el último eslabón de un plan en el que participaron todos. Localizados por CRONICA tras la confesión televisiva, comprenden la rabia de la familia
En casa de José Vila hay fiesta. Sus nietas le han traído regalos porque es 12 de enero y cumple 60 años. Pero Pepe no es feliz.Mira por la ventana de su casa en Xuño, una aldea coruñesa marítima y empapada de lluvia lenta y gris. A cincuenta metros está el cementerio donde hace siete años exactos enterró a su amigo Ramón.Hoy ha vuelto allí porque ha muerto otro vecino, el tercero en dos días. Y durante el responso le ha echado una mirada de reojo a la tumba de Moncho. Aún no entiende por qué Ramón Sampedro tuvo que elegir precisamente el día de su cumpleaños para beberse el veneno que le liberó de la cama donde pasó treinta años tetrapléjico.Y convirtió su aniversario en una fecha triste para el resto de su vida.
Ramona Maneiro confesó el lunes que ella fue quien midió el cianuro, lo disolvió en agua y acercó el vaso a los labios de Sampedro sin darle un último beso. La que encendió la cámara de vídeo para grabar el final de Ramón, pero tuvo que alejarse para no ver cómo moría, mucho más lenta y dolorosamente de lo que nadie había previsto. Pero en la costa sur de A Coruña todo el mundo lo sabía. Pepe, Roque, Marta y Xosé fueron los primeros. Porque el 13 de enero de 1998 recibieron una carta en la que Sampedro les pedía un último favor: que protegieran a Ramona si era detenida y juzgada. Ese día, una docena de personas recibieron una copia de esa carta. Las mismas que, antes que Maneiro, ayudaron a Ramón a preparar su muerte. Sin saber cada uno lo que hacía el otro. Algunos, ni siquiera, quiénes eran los otros.