Si los botes de piña en conserva no caducaran, el cine de Wong Kar Wai no existiría. Si supiéramos cómo congelar un momento, pudiéramos guardarlo eternamente en una lata y evitar así que el tiempo lo estropease, sus películas no nos harían falta. Pero no sabemos. Nadie diría que el cine de Wong Kar Wai es de aventuras. Excepto si consideramos que parar el tiempo es una.
Cuando rodó su primera película, a los 29 años, Kar Wai ya sabía lo que era ser un exiliado (en Hong Kong, desde los cinco años) y conocía bien el sentimiento de pérdida. También había visto varias veces Malas calles (Martin Scorsese) y Extraños en el paraíso (Jim Jarmush), había escrito decenas de guiones y pasado las noches de varios años en garitos de dudosa reputación bebiendo con amigos cercanos al hampa y metiéndose en peleas. Por aquel entonces todavía creía que para contar una historia hay que hacerlo en el sentido de las agujas del reloj, pero ya empezaba a preguntarse cómo detenerlas. Sigue leyendo
“Hola Irene. Vivo en Gijón, Asturias, pero antes vivía en Sevilla capital. Vi tu anuncio en la revista Bravo y me he decidido a escribirte, me gustaría que fuéramos amigos. Dime cómo eres, qué haces, qué estudias. Me gustaría que, si puedes, me mandaras una carta con una foto tuya, claro, si tu quieres, te doy mi móvil para que nos mandemos mensajes de texto [---]. Yo soy simpático, leal, formal, amable, cariñoso, sincero y me gusta hacer reír y mi dirección te la pongo en esta carta abajo. Escríbeme pronto. Besitos. Santiago del Valle García”.
Cuando abandonaron a
“En cuanto al caso Mariluz, yo soy inocente, y creo que mi hermano también es inocente”. Eso escribe Rosa Del Valle, imputada con su hermano