“Durante años, la mayoría de la gente no sabía que yo no era amarillo. Du Ke Feng, mi nombre chino, significa como el viento. Es un nombre extremádamente poético. Tan opuesto a este pedazo de piltrafa que soy”. El caótico ser que así se define se llama Christopher Doyle y es australiano. Fue marino en Noruega, curandero chino en Tailandia, ganadero en Israel y buscó petróleo en el desierto indio. Un día, a finales de los 70, llegó a Taiwan para aprender chino, y miró a su alrededor. Treinta años más mirando Hong Kong le han convertido en uno de los directores de fotografía más respetados del mundo. Porque su lente rasgada es la responsable de las imágenes más bellas del cine oriental de hoy.
Doyle ha pasado parte del invierno en Madrid, rodando The limits of control, con Jim Jarmusch. Y esta semana vuelve. El domingo hablará con los espectadores en la Filmoteca Española, que dedica un ciclo a toda su obra durante abril y mayo. Y el lunes, impartirá un taller a sus privilegiados alumnos en La Casa Encendida. Si le perdonan su afilada ironía y prestan atención, aprenderán las claves de su estilo. Además de trasnochar, beber y vivir siempre al límite, son estas:
Haz las películas como te salgan
Doyle también fue joven y se fue a Francia, como tantos, siguiendo la estela de la nouvelle vague. “Allí intenté aprender a hacer cine. Y me di cuenta de que esas teorías no me importaban lo más mínimo. Así que volví para hacer las películas como me salieran. Y creo que empecé a saber realmente de qué iba esto a mitad de Days of being wild”, (1990) su primer trabajo con Wong Kar Wai. El director, con el que no dejó de colaborar en 15 años, le puso en bandeja una historia que sólo un desarraigado como él podía entender. Sólo tenían 30 páginas de guión, pero lo importante no era encontrar una estructura impecable, sino reconstruir un estado de ánimo vital. ¿De qué color es la nostalgia de las cosas perdidas? Para Doyle, verde tabaco.
Busca el ritmo
Chungking Express (1994) fue, después de la cinta de artes marciales Ashes of time, la tercera película que Doyle y Wong Kar Wai rodaron juntos. Dicen que Scorsese se la puso en bucle durante un día entero para verla una y otra vez. Y resulta creíble. Porque desde que él mismo retratase Nueva York en Malas calles, ninguna ciudad ha estado tan viva en el cine como el Hong Kong de Doyle en esta película. Cámara en mano, (él es siempre su propio operador), y en los dos primeros minutos, Doyle le da a Wong Kar Wai las que serán señas de identidad de todo su cine posterior: focales largas, fondos difuminados, colores saturados… y el tiempo acelerado, ralentizado, congelado, en una intensa y enérgica jam session. Si Scorsese es la ópera del cine, Doyle es el jazz.
Aisla lo importante
El policía y la chica siguen en su burbuja. Y el resto de la ciudad se mueve frenético sin tan siquiera rozarles. La escena es de Chungking Express y es un ejemplo paradigmático del trabajo de Doyle. Puede que las técnicas que usa en la película (filmación a baja velocidad, positivado fotograma a fotograma, grandes objetivos, doble exposición…) sean tan antiguas como el cine. Pero si él las hace funcionar así es porque las usa para encontrar una emoción: “La ciudad es una estructura viva y es preciso ver los detalles. Nosotros somos más pequeños que nuestros edificios y, contra eso, tratamos de ser lo que podemos [..] ¿Cómo aislar lo importante si no es con una larga, objetiva y compasiva lente?”. (1)
Sólo hacen falta dos personas y un lugar donde colocarlas
Cuando Doyle se embarcó con Wong en su quinta película, sólo tenían dos personajes y había que buscar una ciudad para ponerlos allí. Entonces llamaron al proyecto The Buenos Aires Affair. Y el director de fotografía fue capaz de sacar el alma del tango de una cocina de azulejos sucios que filmó en tonos deslavados y sin romanticismo. Filmó la decadente Boca como si fuera una canción de Tom Waits. Y, dentro, la pequeña habitación del Hotel Riviera donde viven los personajes, en colores tan brillantes o tan frágiles como cada momento entre ellos. “Trato de dar un sentido al espacio. Si esta historia ocurre, es porque ocurre aquí”. El rodaje duró seis meses, les llevó literalmente al fin del mundo, les agotó. Pero Happy together (1997) consiguió el premio al mejor director en Cannes.
No construyas la película: descúbrela
“En occidente construyen las películas. En oriente las descubrimos”, dice Doyle, el chino. “Lo imprescindible para que este método funcione es encontrar la música de la película mientras se está rodando. Los personajes actúan con el espacio que les rodea que es tan importante o más que ellos. Es esencial que el lugar evoque y magnifique las emociones que desprende”. El lugar, para In the mood for love, fue una calle de Bangkok. “Había algo en esa pared, en su soledad, que me desarmó. Tenía un sentido de pérdida”, dijo Doyle. “La historia siempre está en un ambiente o un ángulo, un primer plano, la velocidad de una panorámica, la textura de una pared, la luz en los ojos de un actor. La dramaturgia en tres actos significa para mí tanto como otra carrera de coches por el Bronx”.
…y utiliza el amarillo
Hace cuatro años, Doyle y Wong filmaron 2046, una impresionante película sobre los recuerdos perdidos y un tiempo imaginario donde encontrarlos. Desde entonces, Doyle ha trabajado con James Ivory(La condesa rusa)M. Night Shyamalan(La joven del agua) e incuso ha repetido con Gus Van Sant(Paranoid Park). Pero con el que fue su compañero desde principios de los 90, no ha vuelto a hacer un largo. Y sus trabajos con otros directores, aunque muy buenos, están lejos de ser tan memorables. Pese a todo, es difícil que Christopher Doyle abandone Hong Kong, donde vive desde hace 30 años y olvide su color favorito: “Simplemente tengo la piel equivocada. Pero cuanto más me froto con los amarillos, más amarillo me quedo”.
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Publicado en ADN.es y Miradas de cine.