Vivió como una princesa dada a los excesos. Sus cuadros son imagen de una época. Pero ¿quién era Tamara? Por primera vez en España, una exposición desvela el misterio.
Quemar el Louvre. ¿Qué otra cosa se podía hacer después de beber una copa tras otra una tarde de 1924 en París? Así que Marinetti, el pintor que inventaría el futurismo, y un grupo de estudiantes de Bellas Artes se levantaron precipitadamente de su mesa del café La Coupole, en Montparnasse, con la intención incendiaria y el espíritu etílico. Una de las chicas, que decía ser polaca, ofreció su automóvil para llevarles al museo. La Historia, injusta siempre, no recuerda que, si el Louvre sigue en pie, es gracias a aquella supuesta polaca que pintaba bien pero aparcaba mal, y se encontró con que los diligentes gendarmes se habían llevado su coche. Se llamaba Tamara de Lempicka.
Hoy, los puestos de souvenirs venden gatos negros, bailarinas de Toulouse-Lautrec y láminas donde se ve a una mujer de labios escarlata, largos guantes amarillos y mirada indolente, al volante de un Bugatti verde. La imagen de ese cuadro es conocida en medio mundo, tan icónica como la Marilyn de Warhol o la efigie del Che. Pero no muchos saben quién era la mujer que se pintó a sí misma conduciendo, y que sólo conservó del futurista Marinetti el sombrerito estilo casco abotonado bajo la barbilla. Pocos conocen sus cuadros. Creen haberlos visto, pero es una ilusión: la luz de Lempicka es, como la de Vermeer, imposible de reproducir en una lámina. Y sus lienzos no están en los museos. Muchos cuelgan de las privilegiadas paredes de Madonna, Jack Nicholson y otros coleccionistas más discretos. Por eso, apenas ha habido exposiciones de su obra. En España ninguna hasta el próximo 18 de abril, cuando la Fundación Caixa Galicia inaugure la primera, con más de medio centenar de cuadros, dibujos y fotografías.
«Tamara era alta, con mucha presencia. Su voz potente arrastraba las erres con ronquera. Fumaba sin parar. Y tenía muchísimo sentido del humor.» Así la recuerda Alain Blondel, el galerista que redescubrió sus pinturas en los 70 y volvió a colocarlas en el mercado. Incluso a Blondel, una autoridad en Lempicka, le costó entonces llenar una página con datos biográficos ciertos. Porque Tamara fabulaba.Y eso cuando no mentía. Contaba un chiste, una anécdota, guiñaba un ojo o soltaba un comentario ágil y procaz mientras agitaba teatralmente su enjoyada mano, espantando el aire e hipnotizando a su interlocutor. Cualquier cosa, excepto revelar la verdad sobre sí misma. De sus recuerdos públicos eliminó a su padre, por ejemplo, y siempre insistió en que ni lo recordaba ni sabía nada de él. Decía que era polaca, pese a que lo más probable es que naciera en Rusia. Y, obviamente, la auténtica fecha es un misterio que vacila entre 1895 y 98. Le gustaba contar que su amor por el arte nació cuando, de niña, fingió una enfermedad para lograr que su abuela se la llevase a Italia, país de clima benigno, y allí descubrió a los clásicos. Del Quattrocento aprendió el dibujo preciso y delicado, a buscar un color transparente y a obsesionarse por lo perfecto. De su abuela, a asociar el placer estético con los excesos y la sofisticación. Pero negaba haber tenido cualquier otra formación artística, pese a que la joven, más rica que burguesa, asistió a clases de arte, estudió aplicadamente y conversó a menudo con los vanguardistas rusos tomando café en El perro perdido. «Todo el mundo empieza yendo a la escuela; después se saca un diploma, gana un premio. ¡Lo mismo da!», decía. Y así zanjaba el tema y, de paso, alimentaba el mito de su talento innato y engordaba su genio.
Porque el genio de Lempicka nació del miedo al hambre. Cuando llegó a París, en 1918, tenía 23 años, un marido (el barón Tadeusz Lempicki, guapo y siempre cansado), una hija, Kizette, y los recuerdos de una revolución que le pilló por sorpresa, porque las burbujas del champán con el que brindaba por los Romanov le impidieron ver, hasta el último momento, que sus conciudadanos en San Petersburgo se morían de frío. Hasta el final de su vida, la baronesa Lempicka odió y temió al comunismo que la obligó a exiliarse y sin el cual -paradojas- no hubiera pintado nunca ni hubiera vuelto a ser rica.
«Sabes pintar. Pues pinta.» Le dio el consejo su hermana Adrienne en 1919. Solo tres años después, sus primeros desnudos voluminosos, rítmicos y agresivamente eróticos se exponían en el Salón de Otoño y las críticas hablaban de «soberbio colorido» e «inquietante precisión», en la misma frase en la que elogiaban a Fernand Léger.No le hizo falta más para empezar a construir su leyenda. De día, asistía a las clases de Andre Lothe y a las tertulias de los cafés. Cada noche, Tamara dejaba a Kizette con su abuela y a Tadeusz con la palabra en la boca, y salía. Primero, al teatro o a algún cabaré. Después, a bailar y mirar en los clubes donde nacía el jazz. Con su misterioso aire de princesa eslava, sostenía un cigarrillo en su boquilla de ébano y observaba con descaro a los hombres y mujeres que elegía como amantes. Melodramática y teatral, sus compañeros de juerga pensaban que le gustaba provocar, jugar a mujer fatal y que, cuando se iba, se iba a casa. Pero antes, a la sofisticada chica del acento raro, devota de la belleza y el lujo, le gustaba darse una vuelta por los muelles del Sena, cada vez más enganchada al sexo clandestino y a la cocaína. Luego volvía a casa, pintaba sin parar, bebía valeriana, dormía un rato y, cuando Kizette se levantaba, desayunaba con ella, leía tres periódicos y se iba a clase.
Tamara creaba un estilo, en su vida y en su obra, que la hedonista sociedad parisina estaba deseando celebrar. Era la perfecta representación de la nueva mujer moderna, que copaba las vallas publicitarias y las portadas de las revistas. Pero lejos de las andróginas y esqueléticas damas de Chanel, Lempicka pintaba mujeres rotundas y casi violentas; desnudos que no invitaban al espectador a fantasear, sino que le convertían directamente en el voyeur que mira por el ojo de la cerradura. Sus modelos desbordan el lienzo, siempre a punto de salir de él; provocan, pero son indiferentes a su desafío. Emocionalmente gélidas, reivindican su propio placer, como hacía ella misma. Quería a Tadeusz y jamás le exigió fidelidad, sólo no enterarse de sus aventuras. Pero ella no ponía mucho empeño en ocultar las suyas. Primero poseía a sus modelos en el lienzo: pintar a sus amantes antes de que lo fueran era parte de su código sexual, un ritual que le aseguraba el dominio. Los encargos de retratos empezaron a llegar y, con ellos, el dinero.Desnudaba a sus futuras modelos en los clubes y celebraba impresionantes fiestas, donde la cena se servía directamente sobre el cuerpo de alguna muchacha. Cada vez pintaba más febrilmente y mejor, cada vez se sentía más segura de su talento, cada vez prestaba menos atención a su familia.
Tamara retrataba a una modelo en su estudio de Montparnasse una mañana de 1932. Durante los 15 minutos de descanso, la chica se acercó a un cuenco y cogió una manzana. Cuando la mordió, Tamara de Lempicka supo exactamente lo que tenía que hacer. Bajó corriendo las escaleras hacia la calle y abordó al policía que solía vigilarla: «¿Podría pintarle? Desnudo. Necesito a Adán».Sesenta y dos años después, el presidente de Christie’s dejó caer sonoramente el mazo cuando Adán y Eva, propiedad entonces de Barbra Streisand, llegó casi a los dos millones de dólares en subasta. La artista hubiera estado orgullosa, pero no más de lo imprescindible. A los 28 años ella, residente en el centro de la bohemia, ya había ganado un millón de dólares. De los de entonces. Amaba el dinero menos de lo que temía no tenerlo, y siempre lo persiguió. Pero era suficientemente inteligente como para saber que su talento, por sí solo, no se lo garantizaría.Así que mezcló sus exuberantes jaranas de alta sociedad con las tertulias del Deux Magots o La Rotonde, un círculo intelectual del que participó, pero donde nunca acabó de encajar. Para ella no podía haber nada más aburrido que las teorías, no entendía que el arte pudiera ajustarse a ningún manifiesto estético, ni mucho menos político. La exiliada desdeñaba y temía el izquierdismo de los surrealistas con los que compartía mesa, y despreciaba espiritualmente a los estudiantes que alardeaban de su pobreza y se las daban de iconoclastas y rebeldes; pese a que, en una ocasión, se dejara arrastrar tanto por el ambiente como para intentar quemar el Louvre. Conoció a Joyce, a Cocteau y a Isadora Duncan. Frecuentó el salón de la poetisa Natali Barney y el de Gertrude Stein, las lesbianas más conocidas de París. Como Hemingway, se hartó incluso de Stein y de su corte de literatos, a quienes creía gente aburrida y con ínfulas. Pero su difícil equilibrio entre dos mundos hizo que no encajara en ninguno. «Para los artistas no era más que una diletante de la alta sociedad, mientras que para la aprensiva burguesía era una mujer arrogante y depravada», dice en su biografía Laura Claridge. Aparentemente frívola, ella pintaba en serio. Quería demostrar a su familia que podía mantenerla, a sus burgueses clientes que era un éxito y, a los demás pintores, que era una artista seria. «Si alguna oportunidad tuvo de conseguirlo», sigue Claridge, «perdió la de labrarse una reputación en la primera línea del arte al rechazar la bohemia de la orilla izquierda en favor de su círculo de gente adinerada.»
Cada dos cuadros que vendía, se compraba un brazalete y la leyenda dice que su objetivo era hacerlos subir hasta su blanco hombro. Con el dinero del otro viajaba a Italia, donde podía revisitar a sus amados clásicos y enredarse en orgías de la alta sociedad que ponía a su disposición mullidos sillones en lugar de malolientes cobertizos. Y, además, la adoraba. Desde su primera exposición allí, en 1925, Lempicka se convirtió en la retratista favorita de los italianos opulentos que, como Gabriele D’Annunzio, la persiguieron con encargos de retratos, promesas de amor y topacios de vértigo. Al volver a París, Tadeusz la abandonó. Y ella le imaginaba y le pintaba con el abrigo puesto, a punto de salir, con la mirada honda y cínica del hombre que se sabe al final de una historia que nunca acabará. Ella tampoco acabó el cuadro. Dejó una mano de su marido sin pintar, la de la alianza, mientras lo firmaba, altiva, con el topacio, regalo de D’Annunzio, en el dedo.
Después Tamara se volvió a casar. Pasó por depresiones y periodos de euforia. Pintó como una loca y lo abandonó todo, según la temporada. Vivió en Hollywood, en Nueva York y en México. Se fingió amiga de Greta Garbo, alquiló la mansión de King Vidor, y se convirtió en un árbitro de moda. Jamás se la vio sin un vestido largo después de las cinco de la tarde. Sus piernas eran realmente feas, pero ¿qué más daba? Ella era la excéntrica de los trajes de noche a plena luz del día. «No seguía ninguna, ella era su propia moda», recuerda Enri Leal, el modisto que la vistió durante sus últimos años. Leal cosió para ella 14 trajes de noche para cruzar el Atlántico en el paquebote Francia, en 1962. A la vuelta sólo le hizo un comentario: «No encontré nada interesante en ese viaje, excepto Dalí y yo». «Para los críticos, los historiadores del arte y hasta el director del Louvre, Tamara ha sido siempre una extraterrestre», dice Emanuel Bréon, director del Museo de los Años 30 de Bologne y comisario de la exposición de Vigo. La bella Rafaela, por ejemplo, es uno de los desnudos más importantes del siglo XX. La pose de la mujer es desafiante y sugiere algo oscuro, casi monstruoso, que resulta cualquier cosa menos decorativo. Y sin embargo su estilo, por figurativo y difícil de clasificar, se tildó de Art Déco. Esa etiqueta minimizó su arte y la excluyó de las pinacotecas.La condenó, a la vez, a ser imagen de postal con aquel autorretrato en coche que pintó, en realidad, para ilustrar la portada de una revista femenina, y al que le falta el alma de sus mejores obras. Poco importa. Cuando murió, en 1980, Kizette, como su madre quiso, lanzó sus cenizas sobre el cráter del Popocatéptl, en México. Y el Popo sigue activo. Su lava, todavía, puede arrasar museos.
Gracias, de verdad por esta historia. Nada mejor para inspirarse y evadirse un rato del trabajo del viernes que leer sobre la Lempicka.
Gracias a tí :)